Las llamas se quedaron sin su padre, pero la publicidad argentina ganó una leyenda eterna.

La publicidad de nuestro país ha perdido a su principal revolucionario. Las llamas se quedaron sin su padre, pero la cultura popular argentina despide con honores a Ramiro Agulla, la mente brillante que redefinió las reglas de la comunicación masiva durante la inolvidable década de los noventa.

Socio fundador de la icónica agencia Agulla & Baccetti, Ramiro no se limitó a vender marcas; logró lo que solo los elegidos consiguen: moldear el habla cotidiana de una nación. Su mayor hito pop, la campaña de “La llama que llama”, dinamitó las pantallas con un humor absurdo e irreverente que saltó de las tandas publicitarias directo a las escuelas, oficinas y hogares del país, demostrando una sensibilidad única para captar el inconsciente colectivo.

Su audacia e irreverencia no conocieron fronteras conceptuales. Agulla trasladó esa misma frescura disruptiva a la comunicación política en 1999, inmortalizando el histórico spot electoral “Dicen que soy aburrido”. Al convertir las debilidades de un candidato en su máxima fortaleza institucional, dio un vuelco absoluto a la narrativa pública y transformó la campaña en un caso de estudio obligatorio a nivel internacional.

Provocador nato, rebelde por convicción y dueño de una lucidez publicitaria irrepetible, Ramiro Agulla deja un vacío inmenso en la industria de las ideas. El gran creativo de las marionetas telefónicas y de las estrategias imposibles emprende un nuevo viaje, dejando atrás un legado imborrable que seguirá inspirando a las próximas generaciones de comunicadores.

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