Sergio Feferovich, el maestro que convirtió la música clásica en una fiesta: “Fui muy tímido de chiquito y el piano fue mi primer amor”

Director de orquesta, pianista y divulgador único, logró descontracturar las salas de concierto sumando humor, participación del público y una mirada sin prejuicios. Antes de su presentación este sábado 29 de agosto en la Usina Cultural, repasa su trayectoria, su visión del arte como puente humano y la importancia de volver a emocionarse.

Hay algo revolucionario en la propuesta de Sergio Feferovich. En tiempos donde el consumo cultural parece dominado por la prisa, las pantallas y los algoritmos que sugieren siempre lo mismo, este director de orquesta, pianista y conferencista argentino propone detener la marcha, sentarse en un teatro y dejarse llevar por la emoción. Pero sin falsos solemnísimos ni rigideces elitistas: en sus espectáculos se aprende, se ríe y, sobre todo, se canta en comunidad.

Con un recorrido internacional deslumbrante que incluye la dirección de la Orquesta Sinfónica Nacional de Honduras durante varios años, así como batutas al frente de agrupaciones en Estados Unidos, Francia, México y salas argentinas como Mar del Plata, General Pueyrredón o Lanús, Feferovich decidió en el último tiempo poner el foco en la divulgación y el piano.

“El piano es un instrumento muy noble”, explica con la claridad pedagógica que lo caracteriza. “Tiene sus grandes ventajas: es mucho más fácil ponerse de acuerdo con un piano que con 60 músicos. Además, es el único capaz de reducir una partitura entera de orquesta a un solo instrumento. No podés tocar una sinfonía de Beethoven en un violín, pero en el piano sí podés lograr que suene en tu cabeza como va a sonar en la orquesta. Tiene posibilidades dinámicas y de repertorio enormes: podés pasar del barroco a lo clásico o lo moderno”.

De la timidez infantil al idilio con el público

Aunque hoy despliega una soltura admirable sobre las tablas, el vínculo de Feferovich con la música nació como un refugio íntimo ante la timidez. “De chiquito era muy tímido y la música te permite comunicarte desde un lugar menos expuesto, porque es el instrumento el que expresa lo que querés decir. Empecé a tocar el piano y vi que me salía relativamente fácil hacer música con esos dos pentagramas que parecen tan difíciles: uno para la mano derecha y otro para la izquierda. Fue mi primer amor y ahí sigo”, confiesa.

Ese “primer amor” mutó con los años en una vocación de servicio cultural. Inspirado por su fanatismo histórico por Les Luthiers y tras organizar conciertos didácticos durante los ensayos generales  descubrió que el humor y la música formaban un binomio imbatible.

Hoy, cuando sube al escenario, el ritual se repite: “El público entra expectante, viendo de qué se va a tratar. Con el correr de los minutos se van aflojando y termina siendo una fiesta donde se dan cuenta de que la música es universal. Más que el aplauso, que a todos nos gusta, lo que más me llega es cuando después alguien me dice: ‘Te fui a ver y empecé a estudiar piano’ o ‘Entré a cantar en un coro’. Lograr transmitir lo que te apasiona y que la gente lo reciba como un incentivo para tomar cartas en el asunto es maravilloso”.

A la hora de definir sus gustos musicales, Feferovich huye de los dogmas. Suele decir que su compositor favorito es “el que está tocando en ese momento”. Si bien reconoce que Johann Sebastian Bach es quien estuvo más cerca de la perfección, se emociona por igual al escuchar a Mercedes Sosa interpretar una zamba, a Charly García cantar Desarma y sangra, o al sonar Queen o Astor Piazzolla.

Esa amplitud es la que busca contagiar a sus espectadores en una época paradójica. “Cuando era chico era muy difícil acceder a la música; tenías que comprarte el disco y por eso elegías muy bien qué escuchar. Hoy en día está todo ahí al alcance de un clic, pero la mayoría escucha siempre lo mismo. La propuesta es acceder a un montón de repertorio y ver cuál te gusta más. No digo que te tiene que gustar Mozart porque yo lo diga; simplemente escuchár a Mozart, a Mendelssohn, a Piazzolla o a Gershwin sin prejuicios ni miradas elitistas, a ver qué te pasa”.

Su mirada sensible también rescata el valor transformador del canto colectivo en el país. Al recordar su paso por la provincia de Salta, evoca emocionado el día en que la gestión educativa local le presentó un coro infantil de una zona carenciada: “Los hice pasar al escenario y cantamos juntos una zamba hermosa con su directora. Me da orgullo que la Argentina tenga tanta gente que canta, porque un país que canta es un país que progresa. Hay que darle lugar a esa gente para que se luzca”.

Un viaje fantástico para reconectar

Para Feferovich, la música no es un trabajo tradicional —recuerda con simpatía cuando su hija, de pequeña, decía que su papá ‘no trabajaba’—, sino una forma de vivir, un lenguaje y una compañía constante.

“Trato de ser buena gente y voy un poco a contramano de este mundo donde todo es material y parece que valés más cuanto más tenés. Los bienes materiales están demasiado sobrevaluados. En esta época de tanta pantalla y consumo, mi propuesta es ‘La música de las ideas’: volver a emocionarse, volver a sentarse a escuchar y a cantar, como decía Verdi: ‘Volvamos al pasado que eso será progreso’. Volver al teatro a reírse y comunicarse hace que esta pequeña parte del mundo que me toca mejorar sea un poco mejor”.

La cita para vivir esta experiencia será este sábado 29 de agosto en la Usina Cultural de Salta. Promete ser un “viaje fantástico” no solo por la fantasía de la imaginación, sino por la posibilidad real de abstraerse de la coyuntura diaria.

“Vamos a escuchar un repertorio muy diverso que va de lo clásico a lo popular, interactuar, aprender sobre algunas obras y estilos, y también cantar todos juntos. En esta época de tantas noticias malas, quien tenga la posibilidad de regalarse dos horas para ir al teatro a disfrutar y pasarla bien, no debería postergarlo. Estamos en esta vida para intentar ser felices”, concluye el maestro.

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