Leo Sosa la danza me llevó por el mundo y hoy todo su conocimiento lo pone en “Abre tus alas”

De la humilde tierra tucumana de Trancas a los grandes escenarios internacionales y el circo de Flavio Mendoza: la historia del bailarín que transformó el polvo en estrellas y hoy vuelve al Norte para despertar los sueños de nuestra infancia.

Hay historias que se escriben con tinta, y otras que se dibujan en el aire con el compás de un latido indomable. Desde las entrañas más profundas de la Argentina, allí donde el mapa se vuelve zamba y el viento susurra tradiciones ancestrales, emergió un alma nacida para volar. En los micrófonos de “El fogón de Natal”, nos encontramos con Leo Sosa, un artista que hoy, a sus 33 años, acaricia los horizontes del mundo pero jamás despega los pies de la tierra que lo vio nacer. Su presente artístico lo encuentra modelando la magia coreográfica de “Abre tus alas”, el majestuoso circo de Flavio Mendoza que actualmente revoluciona la región.

El universo de Leo comenzó en un pequeño y calmo pueblito de Tucumán llamado Trancas. Allí, donde la infancia se respira con olor a hogar, el folclore no era una opción, era el aire mismo. Sus primeras maestras de danza no vistieron galas de etiqueta, sino el amor cotidiano: fueron sus hermanas quienes le enseñaron a descifrar los primeros acordes de nuestra música. A los tiernos ocho años, esa danza intuitiva y descalza encontró su cauce en una humilde academia local.

“A poco fue creciendo la academia y nosotros también”, recuerda Leo con una mirada que viaja en el tiempo. En su memoria, el año se dividía en dos: la espera ansiosa y el estallido de la Fiesta Principal, el Festival del Caballo. Aquella era la fecha sagrada, el escenario donde el sudor del ensayo local se convertía en orgullo y el polvo del pueblo parecía rozar las nubes.

El año 2016 trajo consigo el rigor de la capital y los libros del profesorado de Educación Física. Pero el destino tenía preparada una audición invisible. Una puerta colosal se entornó en la televisión nacional con el programa “Argentina Baila”. El destino, caprichoso, le propuso una encrucijada: la audición  coincía exactamente con el ensayo general de la Fiesta del Caballo en su pueblo. Con una lealtad inquebrantable a sus raíces y a su gente, Leo pasó de largo de las luces  y eligió quedarse en su tierra. No fue a audicionar.

Pero lo que está destinado a brillar encuentra siempre su grieta en la sombra. Movida por un imán invisible, la producción del programa le pidió un video. El latido de su danza traspasó la pantalla y los resultados fueron un estallido positivo: fue convocado para representar a Tucumán, compitiendo con los mejores del país.

Llegar a Buenos Aires fue un renacimiento y un torbellino. “Me cambió la vida en todo sentido, sobre todo en mi profesión”, confiesa. Sus días se transformaron en un crisol de disciplina: despertarse al alba para someter el cuerpo y pulir el alma en clases de danza clásica, contemporánea, bajo la mirada de coreógrafos implacables. Aquel esfuerzo tuvo su recompensa dorada: Leo ganó el concurso. “Esa experiencia me dejó muchos amigos, pero sobre todo la esperanza de que con nuestro folclore podemos llegar a todo el mundo”. Las compuertas del planeta se abrieron de par en par.

El mapa argentino comenzó a quedarle chico a su calzado. Llegaron los escenarios mayores: Cosquín, la Serenata a Cafayate, Jesús María. Para Leo, el milagro era doble: bailar y recibir una retribución por ello, un privilegio esquivo para tantos obreros del arte en nuestro país.

Luego, la historia se volvió poema. En la antesala del G20, el reconocido Ricky Pashkus abrió una convocatoria para bailar en el altar de la cultura argentina: el Teatro Colón. Más de 600 almas danzantes persiguieron ese sueño; solo 60 elegidos lograron que el eco de sus pasos rebotara en esas paredes de terciopelo y oro. Leo estuvo allí. En ese torbellino conoció a Aldana, quien lo invitó a formar parte de Argendance. Fue allí donde Leo domó las boleadoras, transformándolas en una extensión de sus propios brazos, un huracán de madera y cuero que deslumbró en las pantallas españolas de Got Talent España.

El pasaporte de este tucumano no conoció el descanso. Durante dos años, Leo Sosa recorrió 62 ciudades de los Estados Unidos bajo la mística lona del mítico Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus, una leyenda viviente de 147 años de historia circense.

Hoy, Leo Sosa vive un momento verdaderamente maravilloso de regreso en su patria, integrando el núcleo creativo del deslumbrante circo de Flavio Mendoza. El destino ha tejido un círculo perfecto: hace diez años, Leo ya había dejado su huella trabajando codo a codo con Flavio en el revolucionario show Stravaganza. Una década después, la complicidad sigue intacta.

Cuando Leo se incorporó a las filas de “Abre tus alas”, la imponente estructura del espectáculo ya estaba armada, en  escena. Sin embargo, el tucumano no llegó como un simple intérprete, sino como un sastre del movimiento. Sumó toda la experiencia acumulada en los caminos del mundo, aportó su sabiduría y refinó lo que ya era sublime. “Yo estoy en la coreografía de la danza”, explica con orgullo. Su toque personal es inconfundible: “Siempre pongo el aire folclórico, es mi estilo”. Gracias a esa alquimia, el espectáculo mejoró notablemente y hoy todo el elenco vibra bajo una sintonía de enorme felicidad.

Al hablar sobre por qué el público no puede perderse esta propuesta, los ojos de Leo se iluminan: “Es una experiencia cien por ciento maravillosa. Cada uno lo tiene que disfrutar sentado en su butaca”. La carpa se convierte en un territorio único donde convive una mayoría de virtuosos argentinos junto a grandes artistas del resto del mundo. “Es increíble, único. Un espectáculo trascendental que no viene todas las veces para el Norte. Es puramente sensorial: despierta sueños, logra que uno se vuelva niño… Vale la pena”.

A pesar de haber rozado el cielo internacional, el bailarín tucumano mantiene los pies firmes sobre la tierra que lo parió; cuida su cuerpo con el rigor de un atleta mediante una dieta equilibrada, pero jamás le niega el permiso a unas buenas empanadas o un locro casero.

Con la madurez de sus 33 años, reflexiona sobre el valor de lo propio y la necesidad de valorar el tango y el folclore dentro de nuestras fronteras: “Tenemos que cambiar eso en nuestro país, porque ya todo lo tenemos en nuestro suelo”. Detrás de su técnica perfecta habita una herencia espiritual intacta. Su madre, quien rompió patrones establecidos para sostenerlo, y su padre, quien le enseñó a valorar el silencio. “El silencio es un poder de estar, de acompañar, de ahí tenemos nuestro diálogo”, describe con honda sensibilidad.

Mirando al futuro, hacia sus 50 años, sus anhelos buscan conectar las almas a través del arte en una era devorada por la tecnología. Para él, un coreógrafo es un mago, un ilusionista capaz de tomar una historia escrita en papel, vestirla de luces y sonidos, y transformar la realidad para que el público salga maravillado.

Antes de despedirse de los micrófonos de “El fogón de Natal”, Leo Sosa deja un legado en forma de palabras, un faro brillante para las nuevas generaciones que miran con timidez el mundo del espectáculo: “Como mensaje final para la gente que quiere seguir el camino del arte: hay que animarse a los sueños. Animarse a leer, a bailar, a llenar el corazón cada día. Dedicar el tiempo diario a lo que más les gusta… simplemente, animarse a los sueños”. El niño de Trancas lo hizo; hoy, sus alas cobijan el cielo entero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *