Alejandro Carrizo, el laburante de la literatura que rechaza la IA: “La poesía llega a donde el psicoanálisis no puede”

El escritor, poeta, dramaturgo nacido en Ledesma repasa sus comienzos marcados por un misterioso hecho en su pequeño hotel, las noches de bohemia Salteña con el Cuchi Leguizamón y otros, por qué la creación artística debe seguir siendo un acto puramente humano.

Hay momentos que se parecen a la ficción, pero ocurren en la vida real. El de Alejandro Carrizo tiene como escenario un pequeño hotel familiar en Ledesma, Jujuy. Él era un adolescente cuando la literatura golpeó a su puerta de la forma más imprevista. Un huésped se alojó en el hotel de sus padres, pasaron los días y, acorralado por una deuda que no podía pagar, arreglo. A cambio de su estadía y dejó una fianza extraña: un cajón de madera repleto de libros.

“Nunca más vino”, recuerda hoy Alejandro con una sonrisa que viaja al pasado. “Un día abrí el cajón y descubrí a muchos autores, pero me enamoré perdidamente de Manuel J. Castilla. Ahí adentro había libros que me cambió todo”. La literatura no llegó por mandato; se metió en su vida como un polizón.

A partir de ese hallazgo fortuito, el camino se volvió irreversible. Su primer maestro formal fue Antonio Nella Castro, quien le marcó el rumbo definitivo en las letras. Después, el destino lo cruzó con el mismísimo Gustavo “Cuchi” Leguizamón, una de las mentes más brillantes de la cultura popular argentina. El Cuchi se convirtió en el padrino de su ópera prima: Pena por Manuel Castilla.
La presentación no fue en un auditorio frío ni en una librería comercial; el escenario fue el mítico Museo del Pajarito Velarde. Allí, Carrizo fue bautizado por la sagrada bohemia salteña de la época. “Estaba el Cuchi, Perdiguero, Etchart, Melania Pérez, Icho Vaca, Raúl Riojas… todos esos personajes fascinantes”, rememora sobre aquellas noches profundas donde la música y la palabra se fundían hasta el amanecer.

El pulso de un hacedor
Lejos de quedarse en el romanticismo del recuerdo, Carrizo se convirtió en un verdadero “laburante” de la cultura. No solo escribe y dicta talleres; también se puso al hombro un proyecto independiente gigante. Fundó su propio sello editorial, con el que ya lleva publicados más de 300 títulos, dándole voz a nuevos autores de la región.

El teatro es su otra gran trinchera. Tras ganar una convocatoria de proyectos, asumió la titánica tarea de dirigir una obra con más de 15 personas en escena. Una investigación profunda que se transformó en un homenaje sobre tablas: “Llevó muchísimo tiempo de trabajo y de archivo, pero salimos de gira y pudimos recorrer el país entero con la obra de Lola Mora” “Lola Mora una pasión”

Su pluma dramática también fue reconocida a nivel nacional cuando su obra“Micaela un continente”   se alzó con el prestigioso premio del Teatro Nacional Cervantes, además de firmar el unipersonal “Oniricidio”    “Lola Mora una pasio”

Pero Alejandro también es melodía. Su nombre quedó inscripto en el cancionero popular del norte argentino. Una de sus creaciones más emblemáticas es Jujuy mujer, una zamba bellísima nacida de su puño y con música de Néstor Soria. “Salió hace muchos años. Nació de una sola vez, entera, en medio de la noche”.
Volviendo a la literatura Alejandro suele acudir a una técnica tan disruptiva como liberadora: la esquizoliteratura, entendida como el ejercicio pleno de la escritura de la libertad.

La trinchera humana contra el algoritmo
En tiempos donde las pantallas amenazan con devorarlo todo, Carrizo se planta con firmeza frente al avance de la tecnología en el arte. Para él, la idea de utilizar algoritmos para la literatura carece de alma. “No estoy de acuerdo con la inteligencia artificial para la creación”, sentencia con la seguridad de quien conoce el oficio desde el papel en blanco.
Para explicarlo, prefiere evocar una copla popular de Alfonso Carrizo que define la complejidad de las contradicciones humanas, imposibles de replicar por un procesador:

Quiero decir y no digo
Sin decir voy diciendo
Quiero y no quiero querer
Andando quiero queriendo

“La creación solo es humana porque la mente es única. Ya lo decían Jacques Lacan y Sigmund Freud: las poesías llegan a donde no llega el psicoanálisis”, reflexiona el jujeño. Hay zonas del dolor, de la belleza y del misterio humano que una máquina jamás va a poder rastrear.

Hacia el final de la charla, mientras repasa los detalles de su libro recién presentado, La quinta carta —del cual se pueden conocer más intimidades en la entrevista audiovisual del ciclo El fogón de Natal en YouTube—, Carrizo deja flotando una especie de manifiesto, una invitación a bajar la velocidad. “Tenemos que recuperar el tiempo. El tiempo para sentarse a leer un libro de papel, para charlar mirándonos a los ojos con un amigo, para contemplar la luna… En definitiva, para volver a las cosas simples de la vida”.

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